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HOMBRE SOLO

No es fácil aceptar, ya lo sé, que pueda existir algún ser humano que, en su poco confortable buhardilla madrileña ya principios de la segunde mitad del siglo XX, compartiera su humilde vida con los ya olvidados dioses griegos, pero al parecer, esto era así para nuestro hombre. No todos los dioses del Olimpo, esa es la verdad, lo visitaban regularmente, inundando con su luz mediterránea el oscuro lugar que le servía de refugio y santuario, pero sí los más sociables de entre ellos.
Ese alojamiento, situado bajo el entramado de madera del tejado de la vieja casa del casco antiguo de la ciudad, le había sido proporcionado por algunas personas conocidas suyas, que también lo habían protegido durante la guerra civil, en el Madrid heroico y hambriento del <No pasarán>, cuando perdió a sus padres, única familia que le quedaba, siendo todavía un mozalbete. La habitabilidad del pequeño apartamento se había ido haciendo cada vez más deplorable. Nunca, ciertamente, el aislamiento del techo de cañas y yeso fue muy adecuado, pero con el paso del tiempo éste fue empeorando notoriamente a causa de la nula conservación de sus elementos.
En ese recinto tan exiguo de su casa, se iban amontonando gran cantidad de libros por los rincones y sobre los viejos y escasos muebles, junto a unas pocas aportaciones de la más elemental y primitiva tecnología electrodoméstica. Pero ese era su hogar. El que cobijaba sus sueños y al que acudían, para hacerle compañía, como ya he dicho, nada menos, que sus dioses griegos favoritos. Comprendía que este hecho no era como para contárselo a nadie, y no lo contaba, pero lo que sí narraba, con gran habilidad y soltura, sobre todo a los niños de la calle, que quisieran escucharle reunidos a su alrededor, eran otras historias, también maravillosas para ellos, de terror o de habilidosos espadachines, que su memoria había almacenado tras leer innumerables libros y folletones.
De algo más que para su mera subsistencia tenía que servirle el trabajo de ayudante de encuadernador en la gran editorial, donde prestaba sus servicios. Por sus manos habían pasado, en los años que allí llevaba trabajando, cientos de pruebas inservibles, que él recogía y encuadernaba, con cierta torpeza pero con cariño, para que formaran parte de su biblioteca. También, en sus ratos libres y con el taller parado, confeccionaba toscos cuadernitos de rígidas tapas y papeles de colores, que le servían para ganar o consolidar la amistad de sus pequeños oyentes, que, fascinados, en las noches del verano madrileño de la posguerra, seguían los relatos, que escenificaba de manera barroca y suspensiva,  sentado en el umbral elevado de alguna puerta cochera del barrio.
Y después de esto, la soledad, su soledad. La empinada escalera de peldaños de obscura madera desgastada, le conducía hasta el ático que ocupaba su humilde vivienda. La pesada llave de hierro de la puerta, que podía servirle hasta de arma defensiva, le abría paso a un mundo que él sabía distinto del de los demás. Pero la verdad es que esa llave, que agujereaba los bolsillos de su pantalón, no la habría necesitado para su defensa, y no solamente por que era de natural pacífico y noble, sino que, de sentirse atacado, le hubiese bastado la fuerza de sus brazos. Aunque bajo de estatura, poseía un cuerpo bien musculado, gracias a la cultura física y a las artes marciales que conocía y había practicado, como autodidacta, desde siempre.
Ya en el interior de la morada, sabía bien que el  calor y el frío madrileños eran difíciles de combatir allí arriba. Sobre todo el primero, que en verano se introducía en las habitaciones, a través de la cerámica de las viejas tejas y el escaso aislamiento del falso techo, empujado por los implacables rayos del sol, como un baño de plomo fundido, y que parecía no saber abandonarlas por la noche. El frío se podía paliar mejor, usando gruesa ropa y poniendo en marcha la elemental estufa. No obstante, ni el uno ni el otro eran obstáculo para la puesta en escena de sus fantasías, ni para que el amor de las mujeres que se le había negado, pudiera ser reemplazado por el de la soledad, su compañera.
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De cómo desde la morada de su “Olímpica” residencia acudían a acompañarlo en sus veladas Démeter con Poseidón su hermano, es algo que sólo él conocía y que lograba con la fuerte potencia de su mente, inundada de lecturas sobre ellos,  sus vidas, amores y también fracasos. Acudían a la cita y allí lo regocijaban con sus relatos y cotilleos. Hasta la mismísima Afrodita le ofrecía su belleza para saciar sus ansias de amor. El escenario, ya digo, no podía ser más humilde. Su vieja cama metálica de chirriante somier, con alto cabecero, servía, ya de escabel o podio para la amena tertulia, ya de blando tálamo. Su modesta indumentaria se transformaba en noble ropa, y todo el mitológico cuadro se bañaba con los rayos que la Luna conseguía hacer penetrar por los altos ventanos del aposento. La compañía de Hefraistos, forjador del rayo en el fuego de su herrería, le gustaba particularmente. Éste le había prometido su honrado consejo para saber actuar cuando su espíritu se librara del lastre que le ataba a este mundo cruel, ya que aunque nadie, bien lo sabía él, fuera nunca a visitar el depósito de sus restos mortales, sin embargo deseaba que ese lugar fuera al menos, duradero y propio, de modo que pudiera conservarse mucho tiempo.
Era consciente de que para inhumar los restos mortales de un hombre como él, era desproporcionado mandar construir, no ya un gran mausoleo, sino siquiera una tumba, con losa de granito y alguna estatua alegórica, ya que no una cruz, puesto que no se consideraba creyente cristiano. Por lo que, tras muchas reflexiones, dedujo que lo más adecuado debería ser el adquirir un nicho bien situado dentro de la zona nueva del cementerio. Cuando así lo decidió y se lo comunicó a sus divinos amigos, le fue alabada su prudencia y previsión, y a partir de ese momento su existencia entró en una nueva época de mayor laxitud y armonía. Por ello se propuso ahorrar lo suficiente de su raquítico salario, como para dotar al nicho de una pequeña lápida de mármol con alguna inscripción, aún no decidida, pero que seguro entre todos, conseguirían que fuera un modelo de epitafio que produjera admiración a quién, al pasar junto a ella, lo leyera.
                                                                      
Un hombre que vive solo durante tantos años tiene ordenada su existencia con cierta precisión y sin grandes esfuerzos. Su vajilla, situada en la alacena de madera, se componía de cuatro platos lisos blancos, dos soperos haciendo juego, más otro pequeño algo desportillado, con flores en el borde y dos tazones de loza lechosa. Los vasos no conseguían llegar a la media docena ni parecerse en dimensiones y forma. La descabalada cubertería se alojaba en un cajoncillo de madera, retirado de un portal en el que estaba abandonado. Completan el menaje dos fuentes, una sopera algo dañada y algunas piezas más de difícil catalogación. El menaje de cocina no ganaba en calidad y estaba concretado en una serie de ollas de aluminio abollado a juego con un plato y una escudilla del mismo material, más dos viejísimas sartenes de hierro, con una apreciable cantidad de costra. Contrastaban con lo anteriormente descrito tres magníficas bandejas plateadas, que algún miembro de su familia le dejó en herencia, y que él las había situado en un lugar preferente del comedor. No necesitaba mucho más para preparar y dar cuenta de las frugales comidas que él mismo se preparaba y que rara vez compartía con alguien. Había sido siempre moderado en el comer, no sólo por falta de abundantes medios económicos, sino porque siempre se había regido por reglas naturistas aprendidas en manuales al uso.
Ahora que notaba que se acercaba a su madurez, la frugalidad iba aumentando. Además no podía evitar pensar en el fantasma de la jubilación anticipada, con la que ya hace algún tiempo le amenazaban. Tenía pavor de verse sin tener que hacer ninguna labor útil, simplemente controlando al pasear el interior de las papeleras de la calle. No es que se sintiera enfermo o especialmente deprimido, pero tal vez su soledad estaba pidiendo el llegar a un final. Deseaba terminar con esta existencia actual y alcanzar otra forma más hermosa de vida en compañía con sus dioses amigos. Por eso les propuso, en una de sus reuniones, emprender con ellos el próximo viaje de vuelta, dejando aquí bien protegido su cuerpo mortal. Pensaba que le quedaban otras muchas vidas por vivir y le apasionaba conocer ese futuro que le esperaba. Por otro lado le espantaba el dolor y la debilidad que se le avecinaba cada vez más deprisa, y odiaba verse asimismo desvalido y precisando la ayuda de otros, o recluido en un odioso lugar de asilo.       

La respuesta a su petición tuvo algunos matices, según de quien viniera. A Hestia, que había consultado con su hermano Zeus, a quien por cierto nuestro hombre no tenía el gusto de conocer, ya que nunca se dignó aparecer por su tertulia, no le pareció tan descabellada la idea, pues suponía que en próximas vidas tendría ocasión de formar una familia y un hogar a quien amar y proteger. Por contra, Ares, temido dios de la guerra, hijo de Zeus y Hera, acompañado siempre de sus fieles escuderos, Deimo (El Terror), Fobo (El Miedo), Eris (La Discordia) y Ennio (La Matanza), lo animó a luchar contra sus miedos, a seguir viviendo a pesar de todo y de todos, poniéndose él mismo como ejemplo, de alguien poco querido por su carácter, pero que lo sobrellevaba bastante bien. En fin, haciendo balance estadístico de todas las opiniones de sus amigos, decidió que su idea era acertada y dedicó, a partir de ese momento, todos sus esfuerzos y pensamientos a planear el final deseado. Redactó escrupulosamente las cartas y órdenes precisas, meditando cada una de las palabras, para dejar, sin ninguna duda, expuestos sus deseos y concretadas las acciones funerarias que deberían realizarse con sus restos. El sobrante de los ahorros invertidos en su postrera ubicación, junto con el último jornal, sumaba una cantidad suficiente como para montar eficientemente su última puesta en escena. Se sentía excitado y eufórico. No quería dejar nada a la improvisación y para ello anotó cuidadosamente todas las ideas en una libreta. La lista incluía, además de ropa nueva, una imprescindible ducha en los baños municipales, un buen corte de pelo y hasta el adquirir un frasco de colonia para hombre, que había visto muchas veces en el escaparate de la perfumería. Tenía la gran suerte de estar en Primavera, estación que suponía ideal para mejor elevar el vuelo. El aire de Madrid empezaba a caldearse, aún húmedo por las recientes lluvias, que habían limpiado la incipiente contaminación. Salió de la casa dispuesto a realizar todo lo que había decidido, con la única aprensión de llevar el abultado sobre con el dinero en el bolsillo. No obstante estaba tranquilo y sonreía, recordando la última conversación con Atenea, diosa armada de la sabiduría y de la guerra, que le había transmitido su conformidad y la de los demás a la cita, y comentado lo ilusionados que estaban todos de asistir a tan inusual suceso.
 
Absorto en sus pensamientos, como de costumbre, recorría las calles repasando sus deberes. Tan absorto que no se percató de que alguien había estado observando desde hacía algún tiempo su comportamiento y trajines. En esas estaba, caminando a paso ligero por la acera, cuando se vio brutalmente sorprendido por el fuerte empujón, que un viandante emparejado a él, le propinó, haciéndole tambalear y, trompicando, caer dentro de un oscuro portal, donde otro sujeto completaba la faena de despojarlo del sobre con dinero que llevaba, golpeándolo al tiempo, con algo contundente en la cabeza.
No tuvo tiempo de reaccionar para defenderse, y en su mente se formaron torbellinos de ideas trufadas con el fuerte dolor del golpe. A la angustia de la impotencia se unió la del temor al fracaso de su querido plan, que veía escapársele de las manos. Rogó con todas sus fuerzas a sus divinos protectores que le llegase alguna ayuda, pero no apareció el apoyo deseado. Con un hilo de sangre resbalando de sus labios y vacilante, logró salir del portal, golpeándose con la puerta entreabierta, pero en su aturdimiento, esta salida solamente le valió para caer bajo las ruedas de un gran camión de reparto de carbón para calefacción, que trataba de encontrar un hueco donde poder detenerse a descargar su mercancía.

                                                                                                                1987-2003

Mariano Bernuy - Arquitecto © 2003. Todos los derechos reservados.